Ayer, casi como hoy

Aquello de que el cine clásico representa la época dorada de la historia del cine es una “ñoñería”, si me permiten la expresión. Pero creo que siempre hay quien piensa que es así. Ya saben, el “ya no se hacen películas como las de antes”. Personalmente, no lo creo, no creo que cualquier tiempo pasado fuera mejor y, tampoco para el cine. Sin embargo, me gustan “las películas de antes”. Me gustaba cuando las veía en el sofá de casa, en la televisión pública – en versión doblada –, con mi madre al lado, disfrutando de estar juntas. Tal vez, por eso me gustan, por el recuerdo que me proporcionan.

         Lo cierto es que ahora las veo junto a mi pareja, en un sofá más cómodo, en una televisión de pantalla plana, sin anuncios y en versión original y me siguen gustando, puede que hasta incluso más que cuando las vi por primera vez. Contado así, parece que lo que realmente me atrae de este cine es lo que supone verlo, pero no. En realidad, lo que me gusta es que me permitía soñar. Yo me imaginaba como Lisa Fremont en La ventana indiscreta o como Ilsa Lund en Casablanca. No soñaba con ser Grace Kelly o Ingrid Bergman. Soñaba con ser sus personajes, con la posibilidad de ser actriz.

         Sí, yo quería ser actriz, pero no me permitía decirlo, – creo que lo sigo desando, pero ya no me permito, ni siquiera, imaginarlo –, porque el cine, para las niñas como yo, sólo estaba hecho para ser visto. Una chica de pueblo, de clase obrera y familia humilde no podía ser lo que quisiera y, menos, actriz. Eso lo aprendí bien pronto. Así que cuando la maestra preguntaba en clase aquello de “¿qué quieres ser de mayor?”, yo contestaba algo del tipo: “enfermera, para cuidar de los demás”, porque las chicas estábamos hechas para eso, ¿no?, para cuidar. Esa respuesta me valía la aprobación de los adultos, pero también la de mis compañeras de clase, a las que, si en algún momento, les confesé la verdad, sólo sirvió para que se rieran de mí.

         Los estereotipos nos condicionan. Han influido en nuestra crianza y nos siguen influyendo, porque de ahí venimos. No soy actriz, tampoco enfermera, pero trabajo en un sector feminizado y, todavía hoy, cuando en las formaciones que imparto, hablo de roles y estereotipos de género, hay quien piensa que eso está superado, que cada cual escoge, libremente, lo que quiere ser.            

Es cierto que hemos avanzado mucho. La igualdad de derechos es una realidad, la igualdad real y efectiva en nuestra sociedad, todavía no. Debemos seguir cuestionando lo que aún nos limita, porque sólo así podremos cambiar individual y colectivamente. A veces, eso supone mirar atrás para tomar conciencia y, también esto lo podemos hacer a través del cine. Estaría bien que ahora, prefiriéramos ser Louise Shawer en Thelma y Louise o, Christine McPherson en Lady Bird.

Lourdes Pastor

Deja un comentario