
Hace varias semanas que ya hemos dado por concluidas las celebraciones de la Navidad. Las fiestas del consumismo exacerbado, las fiestas más familiares y dulces, las fiestas más amargas y tristes, las fiestas del milagro del nacimiento de Cristo… Las fiestas, en fin, que son todo eso y más (o menos) para quien las celebre de una forma u otra, pero todas válidas, ¿por qué no?
La cuestión no es generar un debate sobre ello, aunque ya ha habido bastante tela que cortar con esto en la agenda pública a propósito de si nos deseamos felices fiestas o feliz Navidad, porque parece que la sociedad también ha de dividirse por este motivo. Todavía hay quien considera que en esta celebración no cabe más que el catolicismo y quien, por otra parte, festeja la Navidad de forma más pagana y, quizá, más inclusiva.
En cualquier caso, parece que no podemos escapar de la “obligación” de reunirnos con la familia, como si esto fuera lo mejor que nos pudiera pasar. Sin embargo, muchas relaciones familiares esconden dinámicas perversas. No en todos los casos, las familias son un lugar seguro o feliz y pasar estas fiestas con la familia puede ser una condena para muchas personas.
La fachada festiva sigue ocultando tradiciones y roles de género que perpetúan el machismo. Las mujeres siguen asumiendo las responsabilidades de cuidado familiar. Si atendemos a los datos del INE, en España, las mujeres dedican el doble de tiempo que los hombres al cuidado del hogar y de los hijos y las hijas. Y, con toda probabilidad, durante estas navidades han sido las mujeres las principales responsables de la preparación de las celebraciones: la compra de regalos, la decoración navideña, las comidas, las cenas y, seguramente, de la post celebración: limpiar, guardar la decoración para el próximo año, preparar la vuelta al cole.
Por supuesto, nadie reparará en el estrés o la ansiedad que puede generarnos que debemos hacerlo para mantener la armonía familiar y la felicidad de los demás, a menudo a expensas de nuestro propio bienestar. Y todo esto, en el mejor de los casos, pues habrá mujeres que, además, se habrán visto obligadas a compartir mesa y “alegría” con su maltratador. Para ellas, la Navidad no es tiempo de paz, sino más bien, el descenso de un escalón más en su infierno diario.
Y, a pesar de todo, parece que pocos y pocas columnistas, – que, en algunos casos, más que periodistas parecen estrellas del pop –, han reparado en esta cuestión tan grave y que sí debería ser la que marcara la agenda pública. Por extraño que parezca, para algunos y algunas, lo del “verdadero espíritu de la Navidad” es lo más importante.
Lourdes Pastor
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