
En el pasado Festival de Cine de San Sebastián se vieron algunas cosas importantes y relevantes para la igualdad de género. Se dedicó la figura de Marisa Paredes y su imagen se convirtió en el símbolo más visible del Kursaal, resultó premiada como mejor película Los domingos, dirigida por una mujer, Alauda Ruíz de Azúa y el Premio Donostia también recayó sobre otra mujer, Jennifer Lawrence.
Dar visibilidad a las mujeres en cualquier ámbito es necesario. En el caso de la cultura y, en particular, en el mundo del audiovisual, puede resultar especialmente necesario por el impacto en el imaginario colectivo y, a fin de cuentas, si las mujeres somos la mitad de la población, deberíamos ocupar la mitad de las pantallas.
Sin embargo, también en el marco del festival, se puso de manifiesto que la brecha salarial de género a la que se enfrentan las directoras de cine en España es del 21%. Es decir, mientras que de media un hombre, como director, gana unos 24 mil euros, una mujer, en su mismo puesto, gana 19 mil. Esta desigualdad también es el reflejo de cómo, todavía hoy, las mujeres tienen menos acceso a proyectos de mayor presupuesto, a posiciones de liderazgo creativo y a la visibilidad que garantiza continuidad profesional.
El problema es estructural y, además, se agrava cuando quienes deberían velar por la igualdad no lo hacen. Es cierto que el Festival ha tratado estas cuestiones y ha fomentado la participación y el reconocimiento de las mujeres en el cine. Pero también es cierto que ha acogido y presentado la película La tregua, de Miguel Ángel Vivas, una producción en la que no aparece acreditada ninguna mujer en puestos del equipo artístico o técnico y, si acaso encontramos una escasa presencia femenina, ésta es, meramente, testimonial. Y, quizá, dar espacio a este tipo de obras no es lo peor. Tal vez, es mucho más reprobable el hecho de que esta película haya contado con financiación pública.
Sí, RTVE aprobó y financió este proyecto, incumpliendo y contraviniendo sus propias normativas en materia de igualdad. Invertir miles de euros de dinero público en producciones que invisibilizan a las mujeres no es un error menor: es perpetuar la exclusión y enviar a la sociedad un mensaje devastador.
La cultura es, o debería ser, un espacio de creación y de libertad. Sin embargo, cuando las mujeres siguen relegadas a la marginalidad en la producción audiovisual, no solo se les arrebata oportunidades profesionales, sino que también se limita la diversidad de miradas y relatos que llegan a la pantalla. Una sociedad democrática no puede permitirse esta amputación creativa.
Es urgente que las instituciones culturales asuman con rigor sus compromisos en igualdad. No basta con proclamar principios en documentos oficiales si después, en la práctica, se siguen financiando películas donde la voz de las mujeres no existe.
El cine, como espejo de la sociedad, tiene la capacidad de transformar imaginarios. Pero mientras las mujeres continúen ganando menos, accediendo a menos recursos y siendo borradas de los créditos, lo que se reflejará será la perpetuación de una injusticia. Y la cultura, en lugar de ser motor de cambio, se convierte en cómplice del statu quo.
Lourdes Pastor
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