Un tiempo propio

El tiempo no es solo una magnitud física, también es una construcción social. ¿Quién puede disponer de él libremente? ¿Quién lo dedica al descanso, a la formación, al ocio o al trabajo? ¿Y quién lo invierte en tareas imprescindibles para que la sociedad funcione? O, mejor dicho, ¿quién lo entrega al cuidado?

Si preguntamos a las mujeres a que prefieren destinar su tiempo, las respuestas pueden ser similares a las de los hombres. A un trabajo que nos guste, a disfrutar de aficiones, a descansar. No tenemos una pasión desatada por regalar nuestro tiempo en el cuidado de hijos e hijas, personas dependientes, limpiar la casa. Como bien dijo en su momento Betty Friedan, ninguna mujer ha tenido un orgasmo fregando el suelo de la cocina

Así pues, no es que las mujeres prefieran cuidar más que los hombres, es que muchas veces no pueden elegir. Si el colegio llama, si una persona dependiente necesita atención, si hay que organizar la logística familiar, la llamada suele tener nombre de mujer. Y, de este modo, el tiempo femenino se ve condicionado por obligaciones que no figuran en los currículos ni en las estadísticas económicas, pero que sostienen la vida.

El problema no es solo que el trabajo de cuidados recaiga mayoritariamente en las mujeres, sino que además está profundamente infravalorado. Cuidar no cotiza y no genera prestigio social, a pesar de que es el trabajo más esencial. Sin cuidados, la economía no funciona, nuestra vida no sería posible.

El padre de la economía moderna, Adam Smith teorizó sobre el valor del trabajo productivo, el mercado y la riqueza de las naciones, pero nunca se preguntó quién sostenía su vida cotidiana para que él pudiera pensar y escribir. Ese trabajo, realizado por su madre, quedó fuera de la teoría económica, como ha quedado fuera de la mayoría de los modelos que miden el valor solo en términos de producción y beneficio.

Cuando solo se valora el trabajo que genera ingresos monetarios, todo lo demás se convierte en “tiempo perdido”. Y ese “tiempo perdido” es el tiempo propio que no tenemos las mujeres. Por eso, incluso cuando accedemos al mercado laboral seguimos cargando con una doble jornada: nuestro trabajo y el cuidado. Y, el resultado es que tenemos menos tiempo para formarnos, descansar, emprender proyectos propios, disfrutar de aficiones.

Decir que el tiempo de las mujeres no vale lo mismo no es una queja victimista, es una denuncia política. Significa cuestionar qué entendemos por trabajo, por valor y por riqueza. Significa reconocer que la economía no empieza en el mercado ni termina en el salario. Empieza en la cocina, en la cama de un enfermo, en la crianza, en todo ese tiempo robado a las mujeres.

Lourdes Pastor

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